Te duele cuando a pesar de sentirte completo, te sentís
destrozado. Como si tuvieras todas las piezas que perdiste pero separadas cada
una de ellas en fragmentos aún más pequeños. Y mirás al cielo y no sé qué
brilla más: si tus ojos o la luna. Millones de estrellas te miran mientras
jugás a saltar las líneas de las baldosas. Las nubes se ocultan, lejos, se
sienten opacadas por no poder igualar tu blancura. Se esconden, no aparecen, no
se atreven a arruinar un espectáculo tan perfecto: con tu piel de acuarela y
esa risa que se percibe tan transparente como tus manos, tan suaves como firmes
en cada movimiento.
Entonces abro los ojos y me pregunto: ¿estás?, ¿existís?,
pero nadie responde, se fueron los colores, los sonidos, todo. En lugar de eso
me presiona en el pecho la negrura, fuerte, poderosa, pesada, constante. En
consecuencia, aíslo mi rostro de la penumbra, de la oscuridad que no me deja
respirar y me concentro, primero, comienzo enérgicamente y luego lánguidamente:
inhalo, hondo, profundo… como decía la profesora de música: relajo los hombros,
hincho el abdomen llenado cada recoveco de aire puro, y lo largo, quedándome
vacío, al mismo tiempo que vuelve a mí la apacible realidad que me regocijaba.
¿”Realidad”?, ¿ciertamente existía?, qué importa, lo hacía para mí y es más que
suficiente.
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