Hay momentos que aunque parezcan insignificantes nos marcan muchísimo, pequeñas cosas que no queremos dejar atrás.
Pero a veces todo eso nos deja atrás a nosotros, y se nos va, se nos escapa de las manos. Duele, duele mucho acordarse ante cualquier cosa de esa persona, de esa sensación, duele que vuelva el recuerdo de algo que nunca será. Y odiamos, no nos queda otra que odiarlo todo, mirarlo con asco para olvidarlo, para que no duela más.
Pero no es fácil, porque sí, cualquiera entiende a la víctima, al traicionado, al dejado, pero ¿cuántos son los que hacen el esfuerzo por entender al traidor? Tal vez sea demasiado buena, quizás debería quedarme con: “un traidor es alguien que hace algo después de haber dicho que no iba a hacerlo”, y no tratar de entender, de justificar de alguna forma a cada persona que haya hecho algo “malo”. No puedo.
De los errores se aprende, ¿no? Aún así hay errores que no se pueden arreglar, que te marcan, que te lastiman o que lastiman a los demás, errores que hacen sentirte traicionado o convertirte en un traidor. Pero cometer errores es un mal necesario, aunque al final algunos queden flotando en el aire sin poder solucionarse y solo quede llorar.
Todo traidor tiene una razón para serlo, si uno actúa a favor de sus convicciones, aún diciendo que iba a respetar las de otros, ¿es un traidor?, si uno hace lo que siente aunque haya dicho otra cosa, ¿está traicionando?
No hay mal que dure cien años ni cuerpo que no pueda sonreir. Sonreir con la boca, con los ojos, con las manos, con todo el cuerpo se sonríe. Y eso, aunque cueste, es la única forma de seguir. Vamos, ni que fuera tan difícil largar una sonrisita de vez en cuando…
No hay comentarios:
Publicar un comentario